situadas en un lateral, cerca del campo, y que mi madre se había provisionado de prismáticos para que mi estancia fuese de lo más agradable. Con mis cinco años, quedé absolutamente fascinado ante todo lo que podía percibir por mis sentidos. Quizás porque era la primera vez que estaba en un estadio de fútbol, entre tanta gente, con tanto buen feeling. Quizás porque aquellos jugadores de los que tanto había oído hablar a mi tío Ángel estaban tan cerca que hasta hubiese podido tocarlos. El gran Molina, el vivaracho Aguilera, el pícaro Vieri, el mítico Kiko, 'Súper-López', el incombustible Caminero o el idolatradísimo Juninho eran claros ejemplos de ello. Y por último, y yo creo que ésta es la causa más probable, porque algo nuevo estaba empezando a brotar en mi. Cómo una semillita. Un mínimo resquicio que invitaba al forjamiento de algo bastante extraño. Algo que no sabría describir. Al ver a esa enfervorizada afición botando sin parar, a todos esos jugadores, ese ambientazo, sentí algo que escapaba absolutamente a los ojos de la razón. Algo que, todavía hoy, muchas, muchas primaveras más adelante, sigo sin saber explicar.No voy a ocultarlo, hasta aquel magnífico día, un día de partido cualquiera para cualquier otro aficionado, yo no sentía especial pasión por los colores rojiblancos. Cómo a todo niño de cinco años, me tiraba más la tradición familiar que otra cosa, y, para mi desgracia, mis más allegados eran socios del denigrante equipo de las nueve Champions desde hacía décadas. Seguidores empedernidos, vibrantes madridistas. Y claro entre que todo se pega, y que uno de mis tíos (el más colgao, por cierto) me amenazaba con desvirilizarme en caso de cambiarme al eterno rival, pues la llevaba clara.
Hasta aquel día. El día que cambió mi vida. Hasta aquella tarde en la que supe lo mucho que me había estado perdiendo hasta entonces.
