Yo me voy al Manzanares, al Estadio Vicente Calderón...

jueves, 1 de mayo de 2014

El hermanito pequeño

El Atleti se plantó ayer en una final de la Champions por segunda vez en su historia tras exhibirse sobre el verde de Stamford Bridge ante el Chelsea de Mourinho. Otro paso más hacia la gloria. Otro éxito en la interminable lista del Cholo que desataba la euforia del sentir rojiblanco. Porque, después de años de sinsabores, un bendito regalo de Buenos Aires lo ha cambiado todo para llenar de alegría la vida de una afición que llevaba décadas soñando y que se merece todo y más.

De una afición que ha crecido, vivido y sufrido al lado de otros, vecinos, compañeros, amigos, familiares o quienes sean, que celebraban en su cara y se reían de sus desgracias. De gente acostumbrada a ganar títulos antes de jugarlos, irrespetuosa con el rival y totalmente incapaz de entender el sentimiento rojiblanco. “¿Pero cómo puedes ser de un equipo que no gana nada?”, os habrán preguntado a muchos. “¿Pero cómo podéis ser del Atleti?”. Esta segunda es una pregunta muy buena. La única respuesta posible consiste en tener capacidad para aguantar, luchar, sufrir, sufrir, volver a sufrir y levantarte. Siempre levantarte. En mi caso, recuerdo las palabras de un compañero madridista que tuve hace varios años en clase, que me dijo entre risas que para él el Atleti era como “un hermanito pequeño, como el hijo tonto al que le ocurre todo y que sabes que nunca llegará al nivel del hermano mayor”. Me apostaría a que no soy el único que he escuchado pamplinas de ese calibre. Yo me compadecía de él. Pobrecillo, no todos tenemos la suerte de vivir lo que significa ser del Atleti.

Pero ahora el Cholo ha cambiado las tornas. El Atleti ya no es aquel patito feo del que todo el mundo se reía. No es ese equipo al que le destrozaban sus aspiraciones con un gol en el descuento, ni aquel al que desvalijaban cada verano sin que a nadie pareciese importarle. Tampoco es carne de cañón en los derbis ante el eterno rival. Ni ese equipo que se hubiera quedado fuera de la final de Lisboa tras el gol de Torres, colchonero de cuna y al que le dolió más que a nadie solo pensar que con su tanto pudo dilapidar el sueño rojiblanco. Hoy, hay una comunión perfecta con el entrenador, que simboliza a la perfección lo que es este sentimiento. Como lo hace el capitán Gabi. Y también otros como Tiago, que lloró a mares tras aquella funesta final de Copa en Barcelona ante el Sevilla. Como toda la plantilla, que rema de la mano hacia el éxito. Hoy, el aficionado rojiblanco no tiene que aguantar mofas. Sigue a rajatabla el partido a partido, el final a final, el minuto a minuto, el segundo a segundo y lo que surja. Ha cambiado el discurso infundado y fanfarrón de muchos por la cautela más cholista. Ya no llegan Patos Sosas, Fabianos Ellers, Jorges Larenas ni Álvaros Novos. Tampoco estrellitas que se desinflan como la Coca-Cola en cuanto pisan el Calderón. Ahora, el que viene se deja en el campo hasta el último rescoldo de su alma.


Ahora, el Atleti es el Atleti. Ahora gana finales. Ahora cierra más bocas que nunca. Ahora es capaz de vencerle la Europa League en Bucarest al mejor Athletic de Bilbao que se recuerda y de llevarse la Supercopa de Europa ante el mejor equipo del mundo. Es capaz de campear, de mantener siempre la intensidad hasta el último segundo, de sentirse fuerte, de sentirse grande, de competir como nadie. Es capaz de levantarle la Copa del Rey al eterno rival en su propia casa y en su propia cara... y de repetir gesta en Liga solo cuatro meses después. Capaz de romper esquemas, de resquebrajar hipótesis y conjeturas, de evidenciar que las cuentas no sirven para nada, y que para ganarlos, los títulos antes hay que disputarlos. Capaz de desarbolar en poco más de tres meses a cuatro campeones de Europa en la máxima competición continental: Oporto, Milan, Barça y Chelsea. De demostrar día sí y día también que partido a partido se forjan las leyendas. Le pese a quien le pese.


Ahora, el hermanito pequeño ha crecido. Se ha hecho grande, fuerte, difícil de vencer, y siempre dispuesto a ganar, ganar y volver a ganar. Ha vuelto al lugar que merece, de la mano de un hombre que lleva casi la mitad de su vida vinculado al sentimiento y de jugadores que lo viven como los que más (y que si no lo hacen, al menos lo disimulan muy bien). Y con Luis Aragonés de guía desde el cielo. Porque eso es el Atleti. Lucha, trabajo y corazón, mucho corazón. Valores implícitos en el ADN del Cholo y su grupo humano. Ahora, el hermanito pequeño se ha hecho colosal. Más colosal que nunca.

Fotografía: Eurosport.com