Mucho tiempo pasaría hasta mi vuelta a la que años después terminaría por convertirse en mi segunda (y casi primera) casa. Poco a poco, mi equipo fue
sumiéndose en la más absoluta de las calamidades, con sucesivos fracasos tanto en el terreno de juego como en los tribunales, hasta alcanzar el mínimo histórico. Hasta que un fatídico 7 de Mayo del año 2000, en el Carlos
Tartiere de
Oviedo, dónde tantas veces habíamos escuchado las clemencias de

la afición asturiana, dónde tantas veces habíamos condenado a los infiernos a los ovetenses, donde tantas veces habíamos gozado de tardes de buen fútbol, firmamos nuestra sentencia definitiva. Aquel 7 de Mayo, tras varios años en constante declive tras la gloria del doblete, rubricamos nuestro irremediable y catastrófico primer descenso al
inframundo de la Segunda División. Casi 70 años en la máxima competición, casi 70 años de sufrido éxito tirados a la basura. 70 años de ilusiones, de causas perdidas. Bajo las directrices de jugadores como el excelentísimo Juan Carlos
Valerón, el
experimentadísimo José Francisco
Molina, el siempre ilustre
Aguilera, el
goleador Hasselbaink, o un
jovencísimo Joan Capdevila, uno de los mejores equipo de la historia de España decaía entre llantos a los suburbios del fútbol tras casi un centenario de pasión inagotable, curiosamente junto a otros dos clásicos, eternos rivales,
Betis y
Sevilla. Y para culminar aquella funesta temporada, sufriríamos una dolorosa derrota en la final de la Copa del Rey contra el
Espanyol por 1-2, en un encuentro que será recordado por la avidez y pillería del siempre reprobado Raúl
Tamudo, que nos dejó con la miel en los labios y el corazón destrozado...
A partir de aquel momento, las críticas llovían con fuerza sobre la Ribera del Manzanares. Las grandes estrellas de antaño se habían querido eximir de culpa y se habían marchado sin hacer un mínimo ápice sonoro, dejando al equipo vacío de confianza, de fuerzas, de aliento, de ganas. Vacío de vida. Vacío de esperanza. Vacío de todo... o no. Porque ahí es donde interviene la hinchada, la bendita e incansable afición colchonera, que lejos de abandonar a su equipo en aquel delicado momento, se volcó en su
rehabilitación y se llenó de optimismo. Ahí es donde intervienen aquellos que pensaban que el
Atleti debía limpiar esa mancha a priori
imbo
rrable que acababa de
encriptar en su
palmarés. Y sólo con el apoyo de su gente podría lograr su objetivo. El primer año en Segunda, incomprensiblemente a los ojos de un mundo acostumbrado al
chaqueterismo destilado por Madrid o
Barça, el número de abonados al club
rojiblanco subió como la espuma. Para sorpresa de muchos, la afición atlética parecía no entender de Segundas Divisiones ni de chascos, y
clarividenciaba claros síntomas de querer olvidar lo sucedido para retomar el prestigio y tiempo perdido. Sin embargo, en aquella primera campaña, de la mano del
capi Aguilera, el
nobel '
Petete' Correa o un
enchufadísimo Salva Ballesta, y con hasta tres directores de orquesta (
Zambrano, Marcos Alonso y Cantarero), el equipo se quedó a las puertas de Primera, finalizando en un impotente cuarto puesto, tras verse perjudicado con el
goal-average por el siempre luchador
Tenerife. Pero nada importó ese chasco, y a la segunda fue la vencida. Y esta vez, el apoyo no solo venía de la comunidad colchonera, sino que también desde dentro se pusieron manos a la obra. Don Jesús logró persuadir al siempre grande Luis Aragonés, conocedor a la perfección de la casa
rojiblanca, para que asumiese las riendas del equipo. Bajo su batuta, se proyectó un trabajo serio, al que pronto se añadieron jugadores de la talla del punta uruguayo Diego Alonso, el lateral internacional Armando
Álvarez, los
combativos Jose María
Movilla o
Gonzalo Colsa, el polémico Germán Burgos, o los inventivos
Dani Carvalho o
Jovan Stankovic, que, junto a las ganas y desparpajo de un
imberbe y jovial Fernando Torres, culminaron una temporada para el recuerdo. Una temporada que,
paradójicamente, el club se prometió no volver a repetir costase lo que costase. Por muchos puntos que hubiesen logrado, por muy bien que hubiesen jugado. Aquel incompensable error debía ser recordado por siempre para su no
reincidencia.
Y no fue hasta aquella
magnánima temporada cuando se produjo mi retorno al Calderón. Recuerdo con claridad, que volvía de jugar en Boadilla, en el
Fiat Múltipla granate de Don Bernardo. Bernardo tenía un
carnet libre, pues el pequeño
Alex no quería ir, y me lo ofertó sin tapujo alguno. Y yo
acept
é más rápido todavía, sin saber que aquella decisión marcaría un importante punto de inflexión en mi vida. Junto a Don Bernardo y un
pequeñísimo Quique, cuya edad superaría por un escaso mes los siete años, dos sufridores acérrimos y fervientes, y con mi sentimiento ya forjado, la afición me acogió con los brazos abiertos, esperando como agua de mayo que apoyase cómo lo hacían todos esos miles de enfervorizados hinchas que se
desgañitaban como si les fuese la vida en ello. Como si fuesen a perecer, por arte de magia, si el silencio llegase a campear en algún insólito momento. Más
crecidito, racional y sobretodo más
rojiblanco, regresé a mis nueve años una tarde cualquiera de sábado al lugar dónde posteriormente viviría mis mayores alegrías contrastadas con mis mayores desengaños. Sin saber todavía el periplo de inverosimilitud que me auguraba, un sábado cualquiera, un 24 de Noviembre de 2001, con el único Atlético de Madrid -
Polideportivo Ejido que ha recogido el fútbol, el Calderón fue testigo de mi retorno. Y, quizás por inercia, quizás para deleitarme y deleitarnos, quizás incluso para engancharme a su
ludopatía, lo cierto es que mi equipo logró un angustioso triunfo final que me hizo quedar tan al límite y tan prendado de todo aquello que desde aquel preciso instante juré no volver a separarme de cierto
adictivo estadio.