
Fueron muchas, muchísimas las veces que reedité aquel mágico viaje de Noviembre al Estadio de mis amores. Casi siempre con mis entonces acompañantes, incondicionales seguidores, cada domingo al pie del cañón. Los tres juntos, posteriormente en compañía del pequeño Al, vivimos desde las primeras líneas del extravertido segundo anfiteatro lateral momentos mágicos, fantásticos, excelentes, pero también varapalos duros, infaustos, viles y no menos denigrantes. Aunque siempre con marcadas experiencias que nos servirían de reflexión constante y que rebasarían una y otra vez esa fina línea que separa la realidad mundana de la locura extasiada.
Y en todos esos años, hay que recalcar que no recuerdo partido alguno al que haya acudido sin mi particular efigie: mi bufanda, curiosamente adquirida en la periferia del Bernabéu, muchas veces complementada por variadas camisetas, gorras, o mi siempre simbólica medallita, todas ellas con una cosa en común: la personificación del Atleti como algo espléndido y universal.

En incontables ocasiones, mi pasión por los colores colchoneros me ha llevado a perderme tardes de estudio, de risas con los amigos o de reuniones familiares, por la primacía de ver diez sombras ataviadas en una malla rojiblanca encorajinadas y revestidas de valor ante toda adversidad. Han sido años colmatados de triunfos, felicidad y bonanza, pero también de desengaños, frustraciones o decepciones varias. En total síntesis, en incesante cambio. Inexplicable pero perfecto.
También es importante remarcar que paralelamente a estos viajes pendulares, paralelamente al crecimiento de mi sentir atlético, de mi fascinación por éstos colores, comenzó a surgir en mi interior un fuerte sentimiento de aversión, repudio, tirria, contra nuestros vecinos de Chamartín. Contra el madridismo y todo lo que ello englobaba. Contra sus jugadores, contra sus directivos, contra sus valedores, incluso contra sus seguidores, que acostumbrados al acomodamiento, la petulancia, las riquezas y los favorcitos por parte de los hombres de negro, parecían tener el don de sacarme de mis casillas alegando pretextos cuanto menos disparatados en cualquier debate sobre cualquier situación.
Y así transcurrieron largos años de mi vida. Años de llantos contrastados con alegrías, de falsas ilusiones y tristes victorias. Pero sobretodo de momentos que quedarán prendados para siempre en mi retina. De momentos que sin lugar a duda, hoy no cambio por nada del mundo.
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