En la constante turbiedad de nuestro traqueteante equipo, como ya he comentado tantas veces anteriormente, las desavenencias más trágicas se combinan con las mejores de las alegrías en efímeros instantes. Y en ese rocambolesco devenir, en ese tragicómico vaivén, muchas veces el corazón y el pundonor se imponen a los momentos de tristeza e impotencia, llevándose así la gloria y el éxito a su punto álgido y desatando la bendita locura.Y, gracias a Dios, el miércoles pasado eso fue lo que sucedió. Porque cuando Forlán tocó gracilmente el balón para que rozase lo justo en el defensa del Fulham y se introdujese en la meta de Schwarzer en las últimas exhalaciones del segundo tiempo de la prórroga en la deseada final de la Uefa Europa League, la desenfrenada felicidad se esparció mágicamente por toda España, y terminó por aunarse cuando el italiano Nicola Rizzoli decretó ese esperado pitido que nos hacía campeones del nuevo trofeo continental, con la explosión de sentimientos que permanecían acomodados en el último recoveco del corazón de millones de colchoneros, esperando el momento justo para su sagrada erupción. El júbilo y el delirio dejaban ver su faceta más enajenada y el '¡Uruguayo, Uruguayo!' en honor de una suprema divinidad personificada en Diego, además del reverberado '¡Te quiero Atleti, lolololololololo!' atronaban con fuerza en las calles de toda España, y muy previsiblemente del mundo. Nuestra nación entera se teñía sin tapujos de rojiblanco esa noche, identificándose simpáticamente con un equipo enganchado al sufrimiento y que por fin volvía a asomar la cabeza entre los grandes de Europa. Los cláxones armonizaban las felices carreteras, los petardos noticiaban la dicha colchonera y los minis de vino sacaban a la luz de la luna el desenfadado alborozo de quienes querían vivir a su manera la eufórica docrina de todo un sentir. Neptuno se quitaba por fin el pijama y se preparaba para la fiesta, para una fiesta que había comenzado cuando Rizzoli quiso que sonase el silbato en Hamburgo por última vez. El desatado jolgorio duró hasta altas horas de la mañana, y siguió con la dulce espera a los héroes de Hamburgo, tanto en el aeropuerto primero, como en el acompañamiento posterior, tras el merecido descanso, desde el Calderón hasta la preciada fuente rojiblan
ca, que volvía a víslumbrar un trofeo 14 años más tarde. Decenas de miles de espectadores contemplaban ensimismados el milagro que tarde o temprano sabían que llegarían. Ataviados en sus bufandas, camisetas, banderas o con los rostros pintados simbólicamente, detonaron súbitamente cuando el capi Antonio López levantó la Copa a lomos de Neptuno, completando así el sueño, la hazaña, el premio final para una afición que le ha hecho alcanzar la gloria, volver al lugar que por historia le corresponde.Pero la cosa no acaba aquí, pues tras la consecución del místico galardón, los chicos de Quique comenzaron sin demora a preparar la embestida al trofeo que puede volver a blindarnos un preciado doblete: la Copa del Rey, a cuya final hemos llegado y en la que nos mediremos en la final a un Sevilla que, aunque en horas bajas, lo dará todo para cubrir de gloria sus arcas. Un trofeo que ha pasado de intrínseco a intrincado y que puede hacernos continuar viviendo el sueño, que puede volver a disparar el embelesado delirio, que puede volver a convertirse en realidad, como nuestros valientes han logrado hacer con el prestigioso título continental. Gracias chavales, gracias.
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