Yo me voy al Manzanares, al Estadio Vicente Calderón...

jueves, 1 de mayo de 2014

El hermanito pequeño

El Atleti se plantó ayer en una final de la Champions por segunda vez en su historia tras exhibirse sobre el verde de Stamford Bridge ante el Chelsea de Mourinho. Otro paso más hacia la gloria. Otro éxito en la interminable lista del Cholo que desataba la euforia del sentir rojiblanco. Porque, después de años de sinsabores, un bendito regalo de Buenos Aires lo ha cambiado todo para llenar de alegría la vida de una afición que llevaba décadas soñando y que se merece todo y más.

De una afición que ha crecido, vivido y sufrido al lado de otros, vecinos, compañeros, amigos, familiares o quienes sean, que celebraban en su cara y se reían de sus desgracias. De gente acostumbrada a ganar títulos antes de jugarlos, irrespetuosa con el rival y totalmente incapaz de entender el sentimiento rojiblanco. “¿Pero cómo puedes ser de un equipo que no gana nada?”, os habrán preguntado a muchos. “¿Pero cómo podéis ser del Atleti?”. Esta segunda es una pregunta muy buena. La única respuesta posible consiste en tener capacidad para aguantar, luchar, sufrir, sufrir, volver a sufrir y levantarte. Siempre levantarte. En mi caso, recuerdo las palabras de un compañero madridista que tuve hace varios años en clase, que me dijo entre risas que para él el Atleti era como “un hermanito pequeño, como el hijo tonto al que le ocurre todo y que sabes que nunca llegará al nivel del hermano mayor”. Me apostaría a que no soy el único que he escuchado pamplinas de ese calibre. Yo me compadecía de él. Pobrecillo, no todos tenemos la suerte de vivir lo que significa ser del Atleti.

Pero ahora el Cholo ha cambiado las tornas. El Atleti ya no es aquel patito feo del que todo el mundo se reía. No es ese equipo al que le destrozaban sus aspiraciones con un gol en el descuento, ni aquel al que desvalijaban cada verano sin que a nadie pareciese importarle. Tampoco es carne de cañón en los derbis ante el eterno rival. Ni ese equipo que se hubiera quedado fuera de la final de Lisboa tras el gol de Torres, colchonero de cuna y al que le dolió más que a nadie solo pensar que con su tanto pudo dilapidar el sueño rojiblanco. Hoy, hay una comunión perfecta con el entrenador, que simboliza a la perfección lo que es este sentimiento. Como lo hace el capitán Gabi. Y también otros como Tiago, que lloró a mares tras aquella funesta final de Copa en Barcelona ante el Sevilla. Como toda la plantilla, que rema de la mano hacia el éxito. Hoy, el aficionado rojiblanco no tiene que aguantar mofas. Sigue a rajatabla el partido a partido, el final a final, el minuto a minuto, el segundo a segundo y lo que surja. Ha cambiado el discurso infundado y fanfarrón de muchos por la cautela más cholista. Ya no llegan Patos Sosas, Fabianos Ellers, Jorges Larenas ni Álvaros Novos. Tampoco estrellitas que se desinflan como la Coca-Cola en cuanto pisan el Calderón. Ahora, el que viene se deja en el campo hasta el último rescoldo de su alma.


Ahora, el Atleti es el Atleti. Ahora gana finales. Ahora cierra más bocas que nunca. Ahora es capaz de vencerle la Europa League en Bucarest al mejor Athletic de Bilbao que se recuerda y de llevarse la Supercopa de Europa ante el mejor equipo del mundo. Es capaz de campear, de mantener siempre la intensidad hasta el último segundo, de sentirse fuerte, de sentirse grande, de competir como nadie. Es capaz de levantarle la Copa del Rey al eterno rival en su propia casa y en su propia cara... y de repetir gesta en Liga solo cuatro meses después. Capaz de romper esquemas, de resquebrajar hipótesis y conjeturas, de evidenciar que las cuentas no sirven para nada, y que para ganarlos, los títulos antes hay que disputarlos. Capaz de desarbolar en poco más de tres meses a cuatro campeones de Europa en la máxima competición continental: Oporto, Milan, Barça y Chelsea. De demostrar día sí y día también que partido a partido se forjan las leyendas. Le pese a quien le pese.


Ahora, el hermanito pequeño ha crecido. Se ha hecho grande, fuerte, difícil de vencer, y siempre dispuesto a ganar, ganar y volver a ganar. Ha vuelto al lugar que merece, de la mano de un hombre que lleva casi la mitad de su vida vinculado al sentimiento y de jugadores que lo viven como los que más (y que si no lo hacen, al menos lo disimulan muy bien). Y con Luis Aragonés de guía desde el cielo. Porque eso es el Atleti. Lucha, trabajo y corazón, mucho corazón. Valores implícitos en el ADN del Cholo y su grupo humano. Ahora, el hermanito pequeño se ha hecho colosal. Más colosal que nunca.

Fotografía: Eurosport.com

sábado, 18 de mayo de 2013

Gracias Cholo, gracias

Hoy, sin duda alguna, es uno de los días más felices de toda mi vida. La noche de ayer, sin duda alguna, fue una de las más felices de mi vida. Y todo gracias a un tipo nacido hace cuarenta y tres años en Buenos Aires. A un tipo que ha sabido devolvernos la ilusión, romper con una maldición de la mejor manera posible. Conjugar a todo un vestuario para una misión concreta, todo un reto: ganarle la Copa del Rey al eternísimo rival en el Bernabeu.

Siendo sinceros, hasta el momento en qué comenzó el partido, tenía pocas esperanzas puestas en la victoria rojiblanca, o eso quería creerme para evitar futuras decepciones. Hacía casi catorce años que no vivía una victoria sobre el Madrid, catorce años de impotencia, de sufrimiento sin recompensa. Catorce años viendo a un Atleti que no era el mío ante el coloso de la Castellana. Un equipo cambiado, cada vez más falto de ideas, de hambre, de coraje, sin ganas. Un equipo que parecía acomplejado, ajeno a todo tipo de fortuna, con miedo a poder meterle mano al eterno rival. Iba a ser complicado que la cosa cambiase, más todavía cuando hacía apenas tres semanas sucumbíamos sin apenas resistencia ante un Madrid cargado de suplentes y en el Calderón. Era la victoria 19 para el Madrid en los últimos 25 derbis. Los otros seis partidos se contaban por empates. El décimo triunfo consecutivo de los blancos en un derbi. La mejor racha de su historia, y la peor de la nuestra.

Pero si había algo que tenía claro, era que la única persona capaz de cambiar esta dinámica horriblemente negativa era el Cholo Simeone. Con el Cholo en el campo, las cosas estos últimos años hubieran sido bien distintas. Estoy seguro. Su coraje, garra, fuerza y amor por estos colores no hubieran permitido esas deshonras de las que hemos sido pasto todos estos años. Desde la impotencia del banquillo, el Cholo tenía tres semanas para dar un giro de ciento ochenta grados a la imagen que el equipo venía mostrando año tras año. Hasta entonces, pocos jugadores parecían entender la legendaria importancia de estos partidos, y había que meterles en la cabeza que las humillaciones contra el eterno rival debían terminar inmediatamente. Y de la mejor manera posible, como más duele: ganándoles la final de la Copa del Rey en su propia casa.

Se trataba de un desafío muy complicado, algo que muchos catalogaban como un absoluto imposible. Pero no para el Cholo. Desde el momento en que los jugadores saltaron al campo ayer, se atisbaba ya que la mentalidad iba a ser otra totalmente diferente a la que se había visto hasta entonces. Los jugadores parecían haber aprendido la lección y haberse preparado para poner fin a catorce años de hegemonía blanca. En frente, un Madrid cargado de estrellas, listo para la causa y para dejar la Copa en casa ante el Atleti. El hermanito pequeño, el Pateti, el pupas.. El equipo que ayer hizo cambiar el ritmo de la historia de la mejor manera posible.

Por fin, pude ver al equipo que llevaba esperando tantísimo tiempo. A un equipo que se dejó absolutamente todo en el campo. A un equipo hermanado, combativo, ambicioso, matador. Un equipo con identidad, firmeza y seriedad. Un equipo con ganas y rabia, incentivadas por los crecientes rumores lanzados durante la semana por la prensa simpatizante blanca con el único fin de tratar de desestabilizar. Un equipo de once Simeones, dirigidos por la prolongación del Cholo en el campo, nuestro inconmensurable capitán Gabi, con el 14 del míster rojiblanco a la espalda, luchando todos juntos en la misma dirección, con las ideas claras y un principio fijo: llevarse la Copa del Rey. De poco sirvió el tempranero tanto de Cristiano Ronaldo, que ponía el 1-0 en el luminoso y podía hacer presagiar al colectivo blanco que la tónica sería la misma de siempre. Una maravillosa demostración de cómo jugar con el cuerpo de Falcao sirvió para que Diego Costa, con un remate inapelable, estableciese las tablas antes del descanso. El partido continuaba por estos derroteros mientras el Atleti cada vez creía más en la gesta ante un equipo que se empequeñecía por momentos, noqueado por un planteamiento rojiblanco que no hubieran esperado ni en su peor pesadilla. La impotencia blanca quedó reflejada en la indefendible actitud de su astro Cristiano Ronaldo, que una vez más, volvió a demostrar el porqué de que las aficiones le tengan ese especial aprecio allá donde va. Revolucionadísimo y muy fuera de sí, era cuestión de tiempo que Clos Gómez le mandase a la ducha. Y así ocurrió cuando, tras el definitivo e incontestable cabezazo de Miranda que supuso el gozoso 1-2, ya en la prórroga, el portugués terminó por perder los estribos y propinó una patada en la cara a Gabi. Lo que sucedió después no hace falta decirlo.

Pero no he venido aquí a hablar de Ronaldo, ni tampoco del mal perder de este Madrid de Mourinho. Prefiero hacerlo del hombre que ha permitido cambiar el curso de una historia que parecía abocada a no terminar nunca. Del hombre que nos ha permitido soñar, que cogió un equipo totalmente desestructurado hace menos año y medio y nos ha llevado a alcanzar la gloria de la mejor manera posible. De un hombre que siente este sentimiento como algo endémico, intrínseco. De un hombre dispuesto a hacer lo necesario para hacer vibrar a millones de personas. También quiero hacerlo de un espigado belga de solo veintiún añitos, y que anoche volvió a doctorarse como uno de los mejores porteros del planeta. Del hombre que permitió que la gesta fuese posible, que se hizo un auténtico gigante ante los titanes blancos: Thibaut Courtois. También de ese delantero que todo equipo quisiera tener. De uno de los jugadores más batalladores, perseverantes e intensos de cuantos he visto nunca. De un brasileño que ha logrado ganarse a la afición colchonera por su entrega y determinación, que van mucho más allá que cualquier otra cosa. Del máximo goleador de esta competición, Diego Costa. También de nuestro ratón del área, de ese jugador que, según ya sabemos todos qué medios, está fichado por Chelsea, Mónaco, Madrid y Manchester City, pero que ayer, con una maravilla, consiguió que el sueño rojiblanco comenzase a tomar forma, Radamel Falcao. Qué curioso. Courtois, Costa y Falcao, esos tres jugadores a los que paradójicamente, más se ha vinculado con otros clubes estas últimas fechas por la prensa madridista. Cosas del fútbol, les ha salido el tiro por la culata. Pero sin duda alguna, nada de esto hubiera sido posible sin la magia de Arda Turan. Sin el sentir y el carácter de Gabi y Koke. Sin la casta de Filipe, Mario o Godín. Sin el coraje de Miranda, el Cebolla, o el magistral Juanfran. Tampoco sin Asenjo, el Cata Díaz, Insúa, el sempiterno Tiago, el correoso Raúl García, el sacrificio de Cisma, las ganas de Pulido o el talento de nuestro Adri. Tampoco sin los tres chavalines que cada vez son parte de esto con más fuerza, como son Manquillo, Saúl Ñíguez, y el prometedor Óliver Torres. Ni, por supuesto, sin la garra y dedicación de otro hombre muy querido por todos nosotros, nuestro Mono Burgos. Tampoco, obviamente, sin las más de 35000 gargantas que se dieron cita ayer en el feudo blanco y que no dejaron de arengar a su equipo ni un solo segundo, ni sin todos aquellos que no hemos dejado de hacerlo nunca.

Tiempo atrás había comenzado a gestarse en mi cabeza el convencimiento de que el año que el Madrid consiguiese su ansiadísima y obsesiva próxima Copa de Europa, bautizada con el ya mitológico nombre de la Décima, sería el año en que el Atleti, por fin, lograse vencer al eterno rival. Se trataba de un planteamiento bastante irrisorio, a modo de broma, para tratar de hacer esta agonía menos mala. Y efectivamente, razón no me faltaba. El año de la Décima fue en el que por fin logramos vencer al Real Madrid. Pero el de la Décima Copa del Rey que habitará desde hoy en las vitrinas del Calderón.

Precisamente por todo ello, esta Copa sabe mejor que ninguna otra. Me vienen a la cabeza imágenes de estos catorce años a cual más insólita, contradictoria e inédita, y que obviamente solo podían ocurrir ante el Atleti. El único regate de Drenthe que se recuerda por Concha Espina ante Heitinga que terminó en penalti a favor de los blancos en el último minuto; el primer gol de Higuaín como madridista tras un año en la capital; aquel gol de Huntelaar precedido de un fuera de juego de dos metros; ese tanto anulado a Perea porque sí, o aquella falta de Raúl sobre Aragoneses que supuso un gol de Iván Helguera en el descuento. Una sucesión de constantes incongruencias, sinsentidos, de irónicos acontecimientos que han propiciado, por unas u otras cosas, que en los últimos trece años y medio no hayamos podido festejar ni una sola victoria ante el Madrid. Si nos ha marcado hasta Arbeloa. Con eso lo digo todo. Pero ayer la cosa fue absolutamente distinta. La Diosa Fortuna, por una vez, estuvo de nuestra parte, y la suerte que nos ha faltado durante este tiempo se nos apareció ayer sin comerlo ni beberlo. El fútbol nos lo debía, el destino nos tenía preparada la mayor de las alegrías cuando menos la esperábamos y más la necesitábamos. Esos catorce años de maldición, por fin, han desaparecido, y lo han hecho de la manera que más nos gusta. Paradojas del sino, hemos ganado La Décima en el Bernabéu, en casa de nuestro eterno rival, que lleva lustros detrás de ella, ante un equipo que creía tener la Copa en el bolsillo antes de tiempo, olvidando que, para ganarlas, las finales antes hay que jugarlas. Y ayer ganó el equipo que más oficio le puso, que más ganas tenía de llevarse el trofeo. Por una vez, el fútbol fue justo con el más perseverante, permitiendo que la alegría más absoluta se apoderase de todos nosotros y que, aunque resulte irónico, la esperadísima victoria rojiblanca llegase la primera vez en estos catorce años que ambos equipos se jugaban algo realmente importante entre ellos. Porque el Cholo tiene claro que todo el esfuerzo que trae consigo llegar a una final debe servir para algo. En este caso, para haber conseguido algo que nadie había logrado hasta entonces, llevar nuestra euforia al punto más álgido posible y, de paso, silenciar millones y millones de bocas de golpe, frenando las mofas blancas de un plumazo, y de la manera más dulce posible. La genial conversación entre Simeone y el magnífico Futre tras el encuentro en 'El partido de las doce' de la Cope lo dice todo. Te queremos Cholo. Gracias, muchas gracias por tanto.

martes, 18 de mayo de 2010

Un sueño hecho realidad

En la constante turbiedad de nuestro traqueteante equipo, como ya he comentado tantas veces anteriormente, las desavenencias más trágicas se combinan con las mejores de las alegrías en efímeros instantes. Y en ese rocambolesco devenir, en ese tragicómico vaivén, muchas veces el corazón y el pundonor se imponen a los momentos de tristeza e impotencia, llevándose así la gloria y el éxito a su punto álgido y desatando la bendita locura.




Y, gracias a Dios, el miércoles pasado eso fue lo que sucedió. Porque cuando Forlán tocó gracilmente el balón para que rozase lo justo en el defensa del Fulham y se introdujese en la meta de Schwarzer en las últimas exhalaciones del segundo tiempo de la prórroga en la deseada final de la Uefa Europa League, la desenfrenada felicidad se esparció mágicamente por toda España, y terminó por aunarse cuando el italiano Nicola Rizzoli decretó ese esperado pitido que nos hacía campeones del nuevo trofeo continental, con la explosión de sentimientos que permanecían acomodados en el último recoveco del corazón de millones de colchoneros, esperando el momento justo para su sagrada erupción. El júbilo y el delirio dejaban ver su faceta más enajenada y el '¡Uruguayo, Uruguayo!' en honor de una suprema divinidad personificada en Diego, además del reverberado '¡Te quiero Atleti, lolololololololo!' atronaban con fuerza en las calles de toda España, y muy previsiblemente del mundo. Nuestra nación entera se teñía sin tapujos de rojiblanco esa noche, identificándose simpáticamente con un equipo enganchado al sufrimiento y que por fin volvía a asomar la cabeza entre los grandes de Europa. Los cláxones armonizaban las felices carreteras, los petardos noticiaban la dicha colchonera y los minis de vino sacaban a la luz de la luna el desenfadado alborozo de quienes querían vivir a su manera la eufórica docrina de todo un sentir. Neptuno se quitaba por fin el pijama y se preparaba para la fiesta, para una fiesta que había comenzado cuando Rizzoli quiso que sonase el silbato en Hamburgo por última vez. El desatado jolgorio duró hasta altas horas de la mañana, y siguió con la dulce espera a los héroes de Hamburgo, tanto en el aeropuerto primero, como en el acompañamiento posterior, tras el merecido descanso, desde el Calderón hasta la preciada fuente rojiblanca, que volvía a víslumbrar un trofeo 14 años más tarde. Decenas de miles de espectadores contemplaban ensimismados el milagro que tarde o temprano sabían que llegarían. Ataviados en sus bufandas, camisetas, banderas o con los rostros pintados simbólicamente, detonaron súbitamente cuando el capi Antonio López levantó la Copa a lomos de Neptuno, completando así el sueño, la hazaña, el premio final para una afición que le ha hecho alcanzar la gloria, volver al lugar que por historia le corresponde.






Pero la cosa no acaba aquí, pues tras la consecución del místico galardón, los chicos de Quique comenzaron sin demora a preparar la embestida al trofeo que puede volver a blindarnos un preciado doblete: la Copa del Rey, a cuya final hemos llegado y en la que nos mediremos en la final a un Sevilla que, aunque en horas bajas, lo dará todo para cubrir de gloria sus arcas. Un trofeo que ha pasado de intrínseco a intrincado y que puede hacernos continuar viviendo el sueño, que puede volver a disparar el embelesado delirio, que puede volver a convertirse en realidad, como nuestros valientes han logrado hacer con el prestigioso título continental. Gracias chavales, gracias.

miércoles, 28 de abril de 2010

Deseos con doble cara

Si hay algo que caracteriza a nuestro preciado equipo es su constante vaivén entre apegos y desengaños, entre crecidas y estiajes, entre momentos de fantástica gloria y otros de la peor de las impotencias. Un sube-baja contínuo que no deja lugar siquiera a una tranquilidad momentánea y que le hace ser imprevisible por excelencia. El club tiene dos caras totalmente contrastadas, y en ningún instante se puede deducir cuál será la que vaya a exhibir. Pasa de ser nuestra vida a nuestra muerte y viceversa en efímeros segundos de falseado éxito o funesta desgracia, transcurriendo por un melancólico devenir en la calle de la irregularidad más incertidumbrosa. Dicho rango va de su mano, aunado a su grandeza y admirabilidad, y le acompaña allá donde va sin soltarle un segundo. Es lo que nos hace impredecibles, incoherentes, lejanos a la confianza y petulancia. Lo que nos hace mágicos.









Y, por suerte para nosotros, el pasado Jueves ante el Liverpool en el Calderón nuestro Atleti mostró la cara que nos hace esta más orgullosos, más exaltados. La misma que lleva presentando durante toda la Europa League (y la Copa del Rey, claro) y que nos ha hecho llegar a las semifinales y rozar el éxito. Impulsado por la afición (bendita sea), el equipo se evangelizó e hizo de ese grande que, le pese a quien le pese, continúa siendo. Todos y cada uno de los jugadores que saltaron al terreno de juego expusieron su lado más extraordinario, su lado que en muchos creíamos no volveríamos a ver a orillas del Manzanares. Con un Raúl García que mutó en aquel que sorprendía a tantos en Osasuna, un Jurado reminiscente de aquel joven gaditano incansable y eléctrico, y un Perea que recuperó toda esa contundencia y seguridad que parecía perdida un par de años atrás tras el interés que mostró en su contratación el Real Madrid (siempre por medio), junto a la desvivencia de Forlán, el derroche de calidad de Reyes, la transformación de Ujfalusi en Messi o la pletórica casta de los Assunçao, Domínguez o Simao, el Atleti dio un autético recital de fútbol del bueno y se merendó por completo a todo un campeón de Europa (venido a menos, eso sí), y con ello a hombres como Kuyt, Mascherano, Carragher, Gerrard, Benayoun y compañía. Todo iba sobre ruedas, el equipo carburaba, se entendía, sin asemejarse para nada a aquel equipo que paradójicamente caía en el mismo sitio apenas una semana antes contra el colista de la Primera División.








Así las cosas, si no se llevaron los 'reds' un saquito de vuelta a Inglaterra fue únicamente porque Reina no quiso. Un solitario gol de Forlán (que bien puede valer una final) fue un premio más que escaso para un Atleti que se gustó y clarificó su juego e imagen ante un público habituado a la anomalía más infructuosa. La gente abandonaba el estadio con sabor a triunfo, a anhelo, a satisfacción Dios quiera que perpétua. La renta (y más teniendo en cuenta el carácter del Glorioso) no era ni mucho menos suficiente para alcanzar la primera final de la historia continental moderna (no tengamos en cuenta la Intertoto del 2007) de nuestro equipo. Pero si es esperanzadora, ilusionante, porque de eso vivimos muchos, de deseos que pueden trascender a algo más o no, pero cuya identidad perdurará siempre. De intrinseas pasiones como el pensar que mi Atleti volverá a ser mi Atleti en Anfield mañana por la noche. Ese Atleti tenaz, convincente, que nos haga alcanzar lo más alto. Que nos haga reírnos de todos nuestros detractores, de aquellos que con sus mofas han alimentado nuestro insaciable paladar. Para que el día 12 de Mayo de 2010 podamos al fin demostrarles lo equivocados que estaban dándonos por muertos desde hace tanto tiempo. Y sobretodo, para que por fin podamos alzar un trofeo que se nos resiste desde hace ya tantísimo tiempo. Pero eso sí, ofreciendo nuestra mejor versión, la del héroe celestial: la del coraje y el pundonor.

domingo, 21 de marzo de 2010

Nuestro niño


El sentimiento rojiblanco es algo único y especial, incapaz de expresar con palabras. Algo que una vez se coge no se suelta. Algo que una vez comienza no desaparece. Y si hay una persona capaz de representar cómo es dicho sentimiento, ese no es otro que uno de los mejores talentos que ha dado el fútbol en los últimos años. Un chico que rechazó la gloria por triunfar con la rojiblanca y que no se dejó persuadir tan facilmente por los suculentos millones ni el repudiado prestigio.





Aún recuerdo con claridad la primera vez que vi al por entonces aquel imberbe y pecoso delantero fuenlabreño. Coincidió con la primera vez que fui al Calderón, en ese fantástico día de Noviembre de 2001. Contra el Poli Ejido, nuestro Fernando Torres exhibió su gran desparpajo, clase y habilidad que a posteriori no pasarían desapercibidos. Ni siquiera habían pasado seis meses desde su debut con el primer equipo, pero con el '34' a la espalda y apenas 17 años, lideró a nuestro equipo en su vuelta a la categoría de Oro de nuestro fútbol y allí fue dónde comenzó su fulgurante consagración. Parece que fue ayer cuándo formó aquellos duetos junto a jugadores de la talla de Diego Alonso, Nikolaidis, Paunovic o Kezman, a los que terminó eclipsando sin apenas despeinrse. Año tras año, con tanto tesón como constancia y tenacidad, el magnífico punta fue superándose día a día hasta llegar a capitán e ídolo absoluto de la afición rojiblanca.






Anda que no habré mantenido discusiones con Quique, su mayor valedor que he conocido nunca, acerca de su rendimiento, en ocasiones mediocre en contados momentos. Aunque hay que reconocer que su magia la gran mayoría de las veces terminó por callarme la boca. Debido por supuesto a su compromiso con el equipo, por el que hoy día a buen recaudo se jugaría la vida, y con la afición, que siempre le mimó y guió hacia el más profundo éxito. Prueba de ello fue que el gol aquel que anotó frente al Real Madrid a orillas del Manzanares en cierto partido de 2006 del que muchos madridistas defensores del Villarato no quieren acordarse fuese escuchado en kilómetros a la redonda. Cuántas tardes habrá levantado al Estadio. Cuántas tardes nos habrá obligado a desgañitarnos con el '¡Feernando Tooorres, lolololololo Feernando Tooorres!'. Cuántas tardes nos habremos encomendado a su persona. Cuántas tardes nos habremos sentido orgullosos de él. Dependientes de él. De su desparpajo y habilidad que en tantas ocasiones nos ha hecho llegar a lo más alto.




Por todo ello ni siquiera puede llegar a reprochársele el hecho de que abandonase el barco un funesto día de Julio de 2007 rumbo a Liverpool. Las constantes evasivas a equipos como el Madrid, eterno rival de nuestro estimado Glorioso, con sonados esquinazos pese a las presiones de los medios de comunicación o jugadores como Casillas o Ramos, Chelsea, cuya milmillonaria oferta ni siquiera inmutó el pequeño corazón de nuestro protagonista, o incluso del Barça, debido al incansable deseo de Fernando de triunfar con la rojiblanca, de hacer vibrar a toda una grada y de por fin poder volver a ver a su equipo como lo que es, como uno de los grandes del mundo, únicamente sirvieron para acrecentar el sentimiento popular de que Torres merecía algo más, de que podría triunfar en otro sitio en el que poder aspirar a algo mejor para poder luego volver como el héroe que a orillas del Manzanares es considerado. Entre lágrimas, dejó atrás toda su vida anterior, todos sus sueños, para firmar curiosamente con otro equipo que, como el suyo, se había convertido en un león herido, el 'Spanish Liverpool' de Rafa Benítez, y de paso poder ingresar casi 40 anhelados millones a las arcas rojiblancas, que por su parte servirían para que nombres como los de Simao o Forlán se convirtiesen en realidad colchonera. Entre lágrimas, nuestro Niño se marchó sin olvidar sus orígenes, con la cabeza puesta en un retorno no muy tardío. Entre lágrimas, todavía escucha desde su casa de Inglaterra los gritos desenfadados de una afición que le quiere más que a nada, de una afición que tocó la gloria cuando un 29 de Junio de no hace tanto la máxima expresión personificada de su equipo logró que todo un país formase parte de un hito que no se vivía desde hacía ya casi 50 años.




Y la hinchada colchonera no escatima en devolverle el guiño, esperando con ansia la vuelta de Torres, del '9' del Atleti, el Liverpool y la selección, de uno de los mejores delanteros del mundo. Con la única (y existencial) duda que supone el preguntarse cómo sería ahora la vida en el Calderón con esa magnífica dupla formada por un Agüero cuya calidad habría llegado a su punto álgido y nuestro Fernando. Nuestro Niño.

lunes, 22 de febrero de 2010

Instantes de gloria


Fueron muchas, muchísimas las veces que reedité aquel mágico viaje de Noviembre al Estadio de mis amores. Casi siempre con mis entonces acompañantes, incondicionales seguidores, cada domingo al pie del cañón. Los tres juntos, posteriormente en compañía del pequeño Al, vivimos desde las primeras líneas del extravertido segundo anfiteatro lateral momentos mágicos, fantásticos, excelentes, pero también varapalos duros, infaustos, viles y no menos denigrantes. Aunque siempre con marcadas experiencias que nos servirían de reflexión constante y que rebasarían una y otra vez esa fina línea que separa la realidad mundana de la locura extasiada.



Y en todos esos años, hay que recalcar que no recuerdo partido alguno al que haya acudido sin mi particular efigie: mi bufanda, curiosamente adquirida en la periferia del Bernabéu, muchas veces complementada por variadas camisetas, gorras, o mi siempre simbólica medallita, todas ellas con una cosa en común: la personificación del Atleti como algo espléndido y universal.




En incontables ocasiones, mi pasión por los colores colchoneros me ha llevado a perderme tardes de estudio, de risas con los amigos o de reuniones familiares, por la primacía de ver diez sombras ataviadas en una malla rojiblanca encorajinadas y revestidas de valor ante toda adversidad. Han sido años colmatados de triunfos, felicidad y bonanza, pero también de desengaños, frustraciones o decepciones varias. En total síntesis, en incesante cambio. Inexplicable pero perfecto.



También es importante remarcar que paralelamente a estos viajes pendulares, paralelamente al crecimiento de mi sentir atlético, de mi fascinación por éstos colores, comenzó a surgir en mi interior un fuerte sentimiento de aversión, repudio, tirria, contra nuestros vecinos de Chamartín. Contra el madridismo y todo lo que ello englobaba. Contra sus jugadores, contra sus directivos, contra sus valedores, incluso contra sus seguidores, que acostumbrados al acomodamiento, la petulancia, las riquezas y los favorcitos por parte de los hombres de negro, parecían tener el don de sacarme de mis casillas alegando pretextos cuanto menos disparatados en cualquier debate sobre cualquier situación.



Y así transcurrieron largos años de mi vida. Años de llantos contrastados con alegrías, de falsas ilusiones y tristes victorias. Pero sobretodo de momentos que quedarán prendados para siempre en mi retina. De momentos que sin lugar a duda, hoy no cambio por nada del mundo.

lunes, 1 de febrero de 2010

Dos años en el retrete..

Mucho tiempo pasaría hasta mi vuelta a la que años después terminaría por convertirse en mi segunda (y casi primera) casa. Poco a poco, mi equipo fue sumiéndose en la más absoluta de las calamidades, con sucesivos fracasos tanto en el terreno de juego como en los tribunales, hasta alcanzar el mínimo histórico. Hasta que un fatídico 7 de Mayo del año 2000, en el Carlos Tartiere de Oviedo, dónde tantas veces habíamos escuchado las clemencias de la afición asturiana, dónde tantas veces habíamos condenado a los infiernos a los ovetenses, donde tantas veces habíamos gozado de tardes de buen fútbol, firmamos nuestra sentencia definitiva. Aquel 7 de Mayo, tras varios años en constante declive tras la gloria del doblete, rubricamos nuestro irremediable y catastrófico primer descenso al inframundo de la Segunda División. Casi 70 años en la máxima competición, casi 70 años de sufrido éxito tirados a la basura. 70 años de ilusiones, de causas perdidas. Bajo las directrices de jugadores como el excelentísimo Juan Carlos Valerón, el experimentadísimo José Francisco Molina, el siempre ilustre Aguilera, el goleador Hasselbaink, o un jovencísimo Joan Capdevila, uno de los mejores equipo de la historia de España decaía entre llantos a los suburbios del fútbol tras casi un centenario de pasión inagotable, curiosamente junto a otros dos clásicos, eternos rivales, Betis y Sevilla. Y para culminar aquella funesta temporada, sufriríamos una dolorosa derrota en la final de la Copa del Rey contra el Espanyol por 1-2, en un encuentro que será recordado por la avidez y pillería del siempre reprobado Raúl Tamudo, que nos dejó con la miel en los labios y el corazón destrozado...





A partir de aquel momento, las críticas llovían con fuerza sobre la Ribera del Manzanares. Las grandes estrellas de antaño se habían querido eximir de culpa y se habían marchado sin hacer un mínimo ápice sonoro, dejando al equipo vacío de confianza, de fuerzas, de aliento, de ganas. Vacío de vida. Vacío de esperanza. Vacío de todo... o no. Porque ahí es donde interviene la hinchada, la bendita e incansable afición colchonera, que lejos de abandonar a su equipo en aquel delicado momento, se volcó en su rehabilitación y se llenó de optimismo. Ahí es donde intervienen aquellos que pensaban que el Atleti debía limpiar esa mancha a priori imborrable que acababa de encriptar en su palmarés. Y sólo con el apoyo de su gente podría lograr su objetivo. El primer año en Segunda, incomprensiblemente a los ojos de un mundo acostumbrado al chaqueterismo destilado por Madrid o Barça, el número de abonados al club rojiblanco subió como la espuma. Para sorpresa de muchos, la afición atlética parecía no entender de Segundas Divisiones ni de chascos, y clarividenciaba claros síntomas de querer olvidar lo sucedido para retomar el prestigio y tiempo perdido. Sin embargo, en aquella primera campaña, de la mano del capi Aguilera, el nobel 'Petete' Correa o un enchufadísimo Salva Ballesta, y con hasta tres directores de orquesta (Zambrano, Marcos Alonso y Cantarero), el equipo se quedó a las puertas de Primera, finalizando en un impotente cuarto puesto, tras verse perjudicado con el goal-average por el siempre luchador Tenerife. Pero nada importó ese chasco, y a la segunda fue la vencida. Y esta vez, el apoyo no solo venía de la comunidad colchonera, sino que también desde dentro se pusieron manos a la obra. Don Jesús logró persuadir al siempre grande Luis Aragonés, conocedor a la perfección de la casa rojiblanca, para que asumiese las riendas del equipo. Bajo su batuta, se proyectó un trabajo serio, al que pronto se añadieron jugadores de la talla del punta uruguayo Diego Alonso, el lateral internacional Armando Álvarez, los combativos Jose María Movilla o Gonzalo Colsa, el polémico Germán Burgos, o los inventivos Dani Carvalho o Jovan Stankovic, que, junto a las ganas y desparpajo de un imberbe y jovial Fernando Torres, culminaron una temporada para el recuerdo. Una temporada que, paradójicamente, el club se prometió no volver a repetir costase lo que costase. Por muchos puntos que hubiesen logrado, por muy bien que hubiesen jugado. Aquel incompensable error debía ser recordado por siempre para su no reincidencia.




Y no fue hasta aquella magnánima temporada cuando se produjo mi retorno al Calderón. Recuerdo con claridad, que volvía de jugar en Boadilla, en el Fiat Múltipla granate de Don Bernardo. Bernardo tenía un carnet libre, pues el pequeño Alex no quería ir, y me lo ofertó sin tapujo alguno. Y yo acepté más rápido todavía, sin saber que aquella decisión marcaría un importante punto de inflexión en mi vida. Junto a Don Bernardo y un pequeñísimo Quique, cuya edad superaría por un escaso mes los siete años, dos sufridores acérrimos y fervientes, y con mi sentimiento ya forjado, la afición me acogió con los brazos abiertos, esperando como agua de mayo que apoyase cómo lo hacían todos esos miles de enfervorizados hinchas que se desgañitaban como si les fuese la vida en ello. Como si fuesen a perecer, por arte de magia, si el silencio llegase a campear en algún insólito momento. Más crecidito, racional y sobretodo más rojiblanco, regresé a mis nueve años una tarde cualquiera de sábado al lugar dónde posteriormente viviría mis mayores alegrías contrastadas con mis mayores desengaños. Sin saber todavía el periplo de inverosimilitud que me auguraba, un sábado cualquiera, un 24 de Noviembre de 2001, con el único Atlético de Madrid - Polideportivo Ejido que ha recogido el fútbol, el Calderón fue testigo de mi retorno. Y, quizás por inercia, quizás para deleitarme y deleitarnos, quizás incluso para engancharme a su ludopatía, lo cierto es que mi equipo logró un angustioso triunfo final que me hizo quedar tan al límite y tan prendado de todo aquello que desde aquel preciso instante juré no volver a separarme de cierto adictivo estadio.