Yo me voy al Manzanares, al Estadio Vicente Calderón...

martes, 18 de mayo de 2010

Un sueño hecho realidad

En la constante turbiedad de nuestro traqueteante equipo, como ya he comentado tantas veces anteriormente, las desavenencias más trágicas se combinan con las mejores de las alegrías en efímeros instantes. Y en ese rocambolesco devenir, en ese tragicómico vaivén, muchas veces el corazón y el pundonor se imponen a los momentos de tristeza e impotencia, llevándose así la gloria y el éxito a su punto álgido y desatando la bendita locura.




Y, gracias a Dios, el miércoles pasado eso fue lo que sucedió. Porque cuando Forlán tocó gracilmente el balón para que rozase lo justo en el defensa del Fulham y se introdujese en la meta de Schwarzer en las últimas exhalaciones del segundo tiempo de la prórroga en la deseada final de la Uefa Europa League, la desenfrenada felicidad se esparció mágicamente por toda España, y terminó por aunarse cuando el italiano Nicola Rizzoli decretó ese esperado pitido que nos hacía campeones del nuevo trofeo continental, con la explosión de sentimientos que permanecían acomodados en el último recoveco del corazón de millones de colchoneros, esperando el momento justo para su sagrada erupción. El júbilo y el delirio dejaban ver su faceta más enajenada y el '¡Uruguayo, Uruguayo!' en honor de una suprema divinidad personificada en Diego, además del reverberado '¡Te quiero Atleti, lolololololololo!' atronaban con fuerza en las calles de toda España, y muy previsiblemente del mundo. Nuestra nación entera se teñía sin tapujos de rojiblanco esa noche, identificándose simpáticamente con un equipo enganchado al sufrimiento y que por fin volvía a asomar la cabeza entre los grandes de Europa. Los cláxones armonizaban las felices carreteras, los petardos noticiaban la dicha colchonera y los minis de vino sacaban a la luz de la luna el desenfadado alborozo de quienes querían vivir a su manera la eufórica docrina de todo un sentir. Neptuno se quitaba por fin el pijama y se preparaba para la fiesta, para una fiesta que había comenzado cuando Rizzoli quiso que sonase el silbato en Hamburgo por última vez. El desatado jolgorio duró hasta altas horas de la mañana, y siguió con la dulce espera a los héroes de Hamburgo, tanto en el aeropuerto primero, como en el acompañamiento posterior, tras el merecido descanso, desde el Calderón hasta la preciada fuente rojiblanca, que volvía a víslumbrar un trofeo 14 años más tarde. Decenas de miles de espectadores contemplaban ensimismados el milagro que tarde o temprano sabían que llegarían. Ataviados en sus bufandas, camisetas, banderas o con los rostros pintados simbólicamente, detonaron súbitamente cuando el capi Antonio López levantó la Copa a lomos de Neptuno, completando así el sueño, la hazaña, el premio final para una afición que le ha hecho alcanzar la gloria, volver al lugar que por historia le corresponde.






Pero la cosa no acaba aquí, pues tras la consecución del místico galardón, los chicos de Quique comenzaron sin demora a preparar la embestida al trofeo que puede volver a blindarnos un preciado doblete: la Copa del Rey, a cuya final hemos llegado y en la que nos mediremos en la final a un Sevilla que, aunque en horas bajas, lo dará todo para cubrir de gloria sus arcas. Un trofeo que ha pasado de intrínseco a intrincado y que puede hacernos continuar viviendo el sueño, que puede volver a disparar el embelesado delirio, que puede volver a convertirse en realidad, como nuestros valientes han logrado hacer con el prestigioso título continental. Gracias chavales, gracias.

miércoles, 28 de abril de 2010

Deseos con doble cara

Si hay algo que caracteriza a nuestro preciado equipo es su constante vaivén entre apegos y desengaños, entre crecidas y estiajes, entre momentos de fantástica gloria y otros de la peor de las impotencias. Un sube-baja contínuo que no deja lugar siquiera a una tranquilidad momentánea y que le hace ser imprevisible por excelencia. El club tiene dos caras totalmente contrastadas, y en ningún instante se puede deducir cuál será la que vaya a exhibir. Pasa de ser nuestra vida a nuestra muerte y viceversa en efímeros segundos de falseado éxito o funesta desgracia, transcurriendo por un melancólico devenir en la calle de la irregularidad más incertidumbrosa. Dicho rango va de su mano, aunado a su grandeza y admirabilidad, y le acompaña allá donde va sin soltarle un segundo. Es lo que nos hace impredecibles, incoherentes, lejanos a la confianza y petulancia. Lo que nos hace mágicos.









Y, por suerte para nosotros, el pasado Jueves ante el Liverpool en el Calderón nuestro Atleti mostró la cara que nos hace esta más orgullosos, más exaltados. La misma que lleva presentando durante toda la Europa League (y la Copa del Rey, claro) y que nos ha hecho llegar a las semifinales y rozar el éxito. Impulsado por la afición (bendita sea), el equipo se evangelizó e hizo de ese grande que, le pese a quien le pese, continúa siendo. Todos y cada uno de los jugadores que saltaron al terreno de juego expusieron su lado más extraordinario, su lado que en muchos creíamos no volveríamos a ver a orillas del Manzanares. Con un Raúl García que mutó en aquel que sorprendía a tantos en Osasuna, un Jurado reminiscente de aquel joven gaditano incansable y eléctrico, y un Perea que recuperó toda esa contundencia y seguridad que parecía perdida un par de años atrás tras el interés que mostró en su contratación el Real Madrid (siempre por medio), junto a la desvivencia de Forlán, el derroche de calidad de Reyes, la transformación de Ujfalusi en Messi o la pletórica casta de los Assunçao, Domínguez o Simao, el Atleti dio un autético recital de fútbol del bueno y se merendó por completo a todo un campeón de Europa (venido a menos, eso sí), y con ello a hombres como Kuyt, Mascherano, Carragher, Gerrard, Benayoun y compañía. Todo iba sobre ruedas, el equipo carburaba, se entendía, sin asemejarse para nada a aquel equipo que paradójicamente caía en el mismo sitio apenas una semana antes contra el colista de la Primera División.








Así las cosas, si no se llevaron los 'reds' un saquito de vuelta a Inglaterra fue únicamente porque Reina no quiso. Un solitario gol de Forlán (que bien puede valer una final) fue un premio más que escaso para un Atleti que se gustó y clarificó su juego e imagen ante un público habituado a la anomalía más infructuosa. La gente abandonaba el estadio con sabor a triunfo, a anhelo, a satisfacción Dios quiera que perpétua. La renta (y más teniendo en cuenta el carácter del Glorioso) no era ni mucho menos suficiente para alcanzar la primera final de la historia continental moderna (no tengamos en cuenta la Intertoto del 2007) de nuestro equipo. Pero si es esperanzadora, ilusionante, porque de eso vivimos muchos, de deseos que pueden trascender a algo más o no, pero cuya identidad perdurará siempre. De intrinseas pasiones como el pensar que mi Atleti volverá a ser mi Atleti en Anfield mañana por la noche. Ese Atleti tenaz, convincente, que nos haga alcanzar lo más alto. Que nos haga reírnos de todos nuestros detractores, de aquellos que con sus mofas han alimentado nuestro insaciable paladar. Para que el día 12 de Mayo de 2010 podamos al fin demostrarles lo equivocados que estaban dándonos por muertos desde hace tanto tiempo. Y sobretodo, para que por fin podamos alzar un trofeo que se nos resiste desde hace ya tantísimo tiempo. Pero eso sí, ofreciendo nuestra mejor versión, la del héroe celestial: la del coraje y el pundonor.

domingo, 21 de marzo de 2010

Nuestro niño


El sentimiento rojiblanco es algo único y especial, incapaz de expresar con palabras. Algo que una vez se coge no se suelta. Algo que una vez comienza no desaparece. Y si hay una persona capaz de representar cómo es dicho sentimiento, ese no es otro que uno de los mejores talentos que ha dado el fútbol en los últimos años. Un chico que rechazó la gloria por triunfar con la rojiblanca y que no se dejó persuadir tan facilmente por los suculentos millones ni el repudiado prestigio.





Aún recuerdo con claridad la primera vez que vi al por entonces aquel imberbe y pecoso delantero fuenlabreño. Coincidió con la primera vez que fui al Calderón, en ese fantástico día de Noviembre de 2001. Contra el Poli Ejido, nuestro Fernando Torres exhibió su gran desparpajo, clase y habilidad que a posteriori no pasarían desapercibidos. Ni siquiera habían pasado seis meses desde su debut con el primer equipo, pero con el '34' a la espalda y apenas 17 años, lideró a nuestro equipo en su vuelta a la categoría de Oro de nuestro fútbol y allí fue dónde comenzó su fulgurante consagración. Parece que fue ayer cuándo formó aquellos duetos junto a jugadores de la talla de Diego Alonso, Nikolaidis, Paunovic o Kezman, a los que terminó eclipsando sin apenas despeinrse. Año tras año, con tanto tesón como constancia y tenacidad, el magnífico punta fue superándose día a día hasta llegar a capitán e ídolo absoluto de la afición rojiblanca.






Anda que no habré mantenido discusiones con Quique, su mayor valedor que he conocido nunca, acerca de su rendimiento, en ocasiones mediocre en contados momentos. Aunque hay que reconocer que su magia la gran mayoría de las veces terminó por callarme la boca. Debido por supuesto a su compromiso con el equipo, por el que hoy día a buen recaudo se jugaría la vida, y con la afición, que siempre le mimó y guió hacia el más profundo éxito. Prueba de ello fue que el gol aquel que anotó frente al Real Madrid a orillas del Manzanares en cierto partido de 2006 del que muchos madridistas defensores del Villarato no quieren acordarse fuese escuchado en kilómetros a la redonda. Cuántas tardes habrá levantado al Estadio. Cuántas tardes nos habrá obligado a desgañitarnos con el '¡Feernando Tooorres, lolololololo Feernando Tooorres!'. Cuántas tardes nos habremos encomendado a su persona. Cuántas tardes nos habremos sentido orgullosos de él. Dependientes de él. De su desparpajo y habilidad que en tantas ocasiones nos ha hecho llegar a lo más alto.




Por todo ello ni siquiera puede llegar a reprochársele el hecho de que abandonase el barco un funesto día de Julio de 2007 rumbo a Liverpool. Las constantes evasivas a equipos como el Madrid, eterno rival de nuestro estimado Glorioso, con sonados esquinazos pese a las presiones de los medios de comunicación o jugadores como Casillas o Ramos, Chelsea, cuya milmillonaria oferta ni siquiera inmutó el pequeño corazón de nuestro protagonista, o incluso del Barça, debido al incansable deseo de Fernando de triunfar con la rojiblanca, de hacer vibrar a toda una grada y de por fin poder volver a ver a su equipo como lo que es, como uno de los grandes del mundo, únicamente sirvieron para acrecentar el sentimiento popular de que Torres merecía algo más, de que podría triunfar en otro sitio en el que poder aspirar a algo mejor para poder luego volver como el héroe que a orillas del Manzanares es considerado. Entre lágrimas, dejó atrás toda su vida anterior, todos sus sueños, para firmar curiosamente con otro equipo que, como el suyo, se había convertido en un león herido, el 'Spanish Liverpool' de Rafa Benítez, y de paso poder ingresar casi 40 anhelados millones a las arcas rojiblancas, que por su parte servirían para que nombres como los de Simao o Forlán se convirtiesen en realidad colchonera. Entre lágrimas, nuestro Niño se marchó sin olvidar sus orígenes, con la cabeza puesta en un retorno no muy tardío. Entre lágrimas, todavía escucha desde su casa de Inglaterra los gritos desenfadados de una afición que le quiere más que a nada, de una afición que tocó la gloria cuando un 29 de Junio de no hace tanto la máxima expresión personificada de su equipo logró que todo un país formase parte de un hito que no se vivía desde hacía ya casi 50 años.




Y la hinchada colchonera no escatima en devolverle el guiño, esperando con ansia la vuelta de Torres, del '9' del Atleti, el Liverpool y la selección, de uno de los mejores delanteros del mundo. Con la única (y existencial) duda que supone el preguntarse cómo sería ahora la vida en el Calderón con esa magnífica dupla formada por un Agüero cuya calidad habría llegado a su punto álgido y nuestro Fernando. Nuestro Niño.

lunes, 22 de febrero de 2010

Instantes de gloria


Fueron muchas, muchísimas las veces que reedité aquel mágico viaje de Noviembre al Estadio de mis amores. Casi siempre con mis entonces acompañantes, incondicionales seguidores, cada domingo al pie del cañón. Los tres juntos, posteriormente en compañía del pequeño Al, vivimos desde las primeras líneas del extravertido segundo anfiteatro lateral momentos mágicos, fantásticos, excelentes, pero también varapalos duros, infaustos, viles y no menos denigrantes. Aunque siempre con marcadas experiencias que nos servirían de reflexión constante y que rebasarían una y otra vez esa fina línea que separa la realidad mundana de la locura extasiada.



Y en todos esos años, hay que recalcar que no recuerdo partido alguno al que haya acudido sin mi particular efigie: mi bufanda, curiosamente adquirida en la periferia del Bernabéu, muchas veces complementada por variadas camisetas, gorras, o mi siempre simbólica medallita, todas ellas con una cosa en común: la personificación del Atleti como algo espléndido y universal.




En incontables ocasiones, mi pasión por los colores colchoneros me ha llevado a perderme tardes de estudio, de risas con los amigos o de reuniones familiares, por la primacía de ver diez sombras ataviadas en una malla rojiblanca encorajinadas y revestidas de valor ante toda adversidad. Han sido años colmatados de triunfos, felicidad y bonanza, pero también de desengaños, frustraciones o decepciones varias. En total síntesis, en incesante cambio. Inexplicable pero perfecto.



También es importante remarcar que paralelamente a estos viajes pendulares, paralelamente al crecimiento de mi sentir atlético, de mi fascinación por éstos colores, comenzó a surgir en mi interior un fuerte sentimiento de aversión, repudio, tirria, contra nuestros vecinos de Chamartín. Contra el madridismo y todo lo que ello englobaba. Contra sus jugadores, contra sus directivos, contra sus valedores, incluso contra sus seguidores, que acostumbrados al acomodamiento, la petulancia, las riquezas y los favorcitos por parte de los hombres de negro, parecían tener el don de sacarme de mis casillas alegando pretextos cuanto menos disparatados en cualquier debate sobre cualquier situación.



Y así transcurrieron largos años de mi vida. Años de llantos contrastados con alegrías, de falsas ilusiones y tristes victorias. Pero sobretodo de momentos que quedarán prendados para siempre en mi retina. De momentos que sin lugar a duda, hoy no cambio por nada del mundo.

lunes, 1 de febrero de 2010

Dos años en el retrete..

Mucho tiempo pasaría hasta mi vuelta a la que años después terminaría por convertirse en mi segunda (y casi primera) casa. Poco a poco, mi equipo fue sumiéndose en la más absoluta de las calamidades, con sucesivos fracasos tanto en el terreno de juego como en los tribunales, hasta alcanzar el mínimo histórico. Hasta que un fatídico 7 de Mayo del año 2000, en el Carlos Tartiere de Oviedo, dónde tantas veces habíamos escuchado las clemencias de la afición asturiana, dónde tantas veces habíamos condenado a los infiernos a los ovetenses, donde tantas veces habíamos gozado de tardes de buen fútbol, firmamos nuestra sentencia definitiva. Aquel 7 de Mayo, tras varios años en constante declive tras la gloria del doblete, rubricamos nuestro irremediable y catastrófico primer descenso al inframundo de la Segunda División. Casi 70 años en la máxima competición, casi 70 años de sufrido éxito tirados a la basura. 70 años de ilusiones, de causas perdidas. Bajo las directrices de jugadores como el excelentísimo Juan Carlos Valerón, el experimentadísimo José Francisco Molina, el siempre ilustre Aguilera, el goleador Hasselbaink, o un jovencísimo Joan Capdevila, uno de los mejores equipo de la historia de España decaía entre llantos a los suburbios del fútbol tras casi un centenario de pasión inagotable, curiosamente junto a otros dos clásicos, eternos rivales, Betis y Sevilla. Y para culminar aquella funesta temporada, sufriríamos una dolorosa derrota en la final de la Copa del Rey contra el Espanyol por 1-2, en un encuentro que será recordado por la avidez y pillería del siempre reprobado Raúl Tamudo, que nos dejó con la miel en los labios y el corazón destrozado...





A partir de aquel momento, las críticas llovían con fuerza sobre la Ribera del Manzanares. Las grandes estrellas de antaño se habían querido eximir de culpa y se habían marchado sin hacer un mínimo ápice sonoro, dejando al equipo vacío de confianza, de fuerzas, de aliento, de ganas. Vacío de vida. Vacío de esperanza. Vacío de todo... o no. Porque ahí es donde interviene la hinchada, la bendita e incansable afición colchonera, que lejos de abandonar a su equipo en aquel delicado momento, se volcó en su rehabilitación y se llenó de optimismo. Ahí es donde intervienen aquellos que pensaban que el Atleti debía limpiar esa mancha a priori imborrable que acababa de encriptar en su palmarés. Y sólo con el apoyo de su gente podría lograr su objetivo. El primer año en Segunda, incomprensiblemente a los ojos de un mundo acostumbrado al chaqueterismo destilado por Madrid o Barça, el número de abonados al club rojiblanco subió como la espuma. Para sorpresa de muchos, la afición atlética parecía no entender de Segundas Divisiones ni de chascos, y clarividenciaba claros síntomas de querer olvidar lo sucedido para retomar el prestigio y tiempo perdido. Sin embargo, en aquella primera campaña, de la mano del capi Aguilera, el nobel 'Petete' Correa o un enchufadísimo Salva Ballesta, y con hasta tres directores de orquesta (Zambrano, Marcos Alonso y Cantarero), el equipo se quedó a las puertas de Primera, finalizando en un impotente cuarto puesto, tras verse perjudicado con el goal-average por el siempre luchador Tenerife. Pero nada importó ese chasco, y a la segunda fue la vencida. Y esta vez, el apoyo no solo venía de la comunidad colchonera, sino que también desde dentro se pusieron manos a la obra. Don Jesús logró persuadir al siempre grande Luis Aragonés, conocedor a la perfección de la casa rojiblanca, para que asumiese las riendas del equipo. Bajo su batuta, se proyectó un trabajo serio, al que pronto se añadieron jugadores de la talla del punta uruguayo Diego Alonso, el lateral internacional Armando Álvarez, los combativos Jose María Movilla o Gonzalo Colsa, el polémico Germán Burgos, o los inventivos Dani Carvalho o Jovan Stankovic, que, junto a las ganas y desparpajo de un imberbe y jovial Fernando Torres, culminaron una temporada para el recuerdo. Una temporada que, paradójicamente, el club se prometió no volver a repetir costase lo que costase. Por muchos puntos que hubiesen logrado, por muy bien que hubiesen jugado. Aquel incompensable error debía ser recordado por siempre para su no reincidencia.




Y no fue hasta aquella magnánima temporada cuando se produjo mi retorno al Calderón. Recuerdo con claridad, que volvía de jugar en Boadilla, en el Fiat Múltipla granate de Don Bernardo. Bernardo tenía un carnet libre, pues el pequeño Alex no quería ir, y me lo ofertó sin tapujo alguno. Y yo acepté más rápido todavía, sin saber que aquella decisión marcaría un importante punto de inflexión en mi vida. Junto a Don Bernardo y un pequeñísimo Quique, cuya edad superaría por un escaso mes los siete años, dos sufridores acérrimos y fervientes, y con mi sentimiento ya forjado, la afición me acogió con los brazos abiertos, esperando como agua de mayo que apoyase cómo lo hacían todos esos miles de enfervorizados hinchas que se desgañitaban como si les fuese la vida en ello. Como si fuesen a perecer, por arte de magia, si el silencio llegase a campear en algún insólito momento. Más crecidito, racional y sobretodo más rojiblanco, regresé a mis nueve años una tarde cualquiera de sábado al lugar dónde posteriormente viviría mis mayores alegrías contrastadas con mis mayores desengaños. Sin saber todavía el periplo de inverosimilitud que me auguraba, un sábado cualquiera, un 24 de Noviembre de 2001, con el único Atlético de Madrid - Polideportivo Ejido que ha recogido el fútbol, el Calderón fue testigo de mi retorno. Y, quizás por inercia, quizás para deleitarme y deleitarnos, quizás incluso para engancharme a su ludopatía, lo cierto es que mi equipo logró un angustioso triunfo final que me hizo quedar tan al límite y tan prendado de todo aquello que desde aquel preciso instante juré no volver a separarme de cierto adictivo estadio.

miércoles, 6 de enero de 2010

Orígenes

Apenas tengo vagos recuerdos de la primera vez que pisé el Vicente Calderón. Únicamente recuerdo que fue allá por el año 98, en un Atleti - Salamanca al que asistí gracias a unas entradas que generosamente habían sido otorgadas a mi padre por su jefe. Me acuerdo que las entradas estaban situadas en un lateral, cerca del campo, y que mi madre se había provisionado de prismáticos para que mi estancia fuese de lo más agradable. Con mis cinco años, quedé absolutamente fascinado ante todo lo que podía percibir por mis sentidos. Quizás porque era la primera vez que estaba en un estadio de fútbol, entre tanta gente, con tanto buen feeling. Quizás porque aquellos jugadores de los que tanto había oído hablar a mi tío Ángel estaban tan cerca que hasta hubiese podido tocarlos. El gran Molina, el vivaracho Aguilera, el pícaro Vieri, el mítico Kiko, 'Súper-López', el incombustible Caminero o el idolatradísimo Juninho eran claros ejemplos de ello. Y por último, y yo creo que ésta es la causa más probable, porque algo nuevo estaba empezando a brotar en mi. Cómo una semillita. Un mínimo resquicio que invitaba al forjamiento de algo bastante extraño. Algo que no sabría describir. Al ver a esa enfervorizada afición botando sin parar, a todos esos jugadores, ese ambientazo, sentí algo que escapaba absolutamente a los ojos de la razón. Algo que, todavía hoy, muchas, muchas primaveras más adelante, sigo sin saber explicar.




No voy a ocultarlo, hasta aquel magnífico día, un día de partido cualquiera para cualquier otro aficionado, yo no sentía especial pasión por los colores rojiblancos. Cómo a todo niño de cinco años, me tiraba más la tradición familiar que otra cosa, y, para mi desgracia, mis más allegados eran socios del denigrante equipo de las nueve Champions desde hacía décadas. Seguidores empedernidos, vibrantes madridistas. Y claro entre que todo se pega, y que uno de mis tíos (el más colgao, por cierto) me amenazaba con desvirilizarme en caso de cambiarme al eterno rival, pues la llevaba clara.



Hasta aquel día. El día que cambió mi vida. Hasta aquella tarde en la que supe lo mucho que me había estado perdiendo hasta entonces.