Hoy, sin duda alguna, es uno de los días más felices de toda mi vida. La noche de ayer, sin duda alguna, fue una de las más felices de mi vida. Y todo gracias a un tipo nacido hace cuarenta y tres años en Buenos Aires. A un tipo que ha sabido devolvernos la ilusión, romper con una maldición de la mejor manera posible. Conjugar a todo un vestuario para una misión concreta, todo un reto: ganarle la Copa del Rey al eternísimo rival en el Bernabeu.
Siendo sinceros, hasta el momento en qué comenzó el partido, tenía pocas esperanzas puestas en la victoria rojiblanca, o eso quería creerme para evitar futuras decepciones. Hacía casi catorce años que no vivía una victoria sobre el Madrid, catorce años de impotencia, de sufrimiento sin recompensa. Catorce años viendo a un Atleti que no era el mío ante el coloso de la Castellana. Un equipo cambiado, cada vez más falto de ideas, de hambre, de coraje, sin ganas. Un equipo que parecía acomplejado, ajeno a todo tipo de fortuna, con miedo a poder meterle mano al eterno rival. Iba a ser complicado que la cosa cambiase, más todavía cuando hacía apenas tres semanas sucumbíamos sin apenas resistencia ante un Madrid cargado de suplentes y en el Calderón. Era la victoria 19 para el Madrid en los últimos 25 derbis. Los otros seis partidos se contaban por empates. El décimo triunfo consecutivo de los blancos en un derbi. La mejor racha de su historia, y la peor de la nuestra.
Pero si había algo que tenía claro, era que la única persona capaz de cambiar esta dinámica horriblemente negativa era el Cholo Simeone. Con el Cholo en el campo, las cosas estos últimos años hubieran sido bien distintas. Estoy seguro. Su coraje, garra, fuerza y amor por estos colores no hubieran permitido esas deshonras de las que hemos sido pasto todos estos años. Desde la impotencia del banquillo, el Cholo tenía tres semanas para dar un giro de ciento ochenta grados a la imagen que el equipo venía mostrando año tras año. Hasta entonces, pocos jugadores parecían entender la legendaria importancia de estos partidos, y había que meterles en la cabeza que las humillaciones contra el eterno rival debían terminar inmediatamente. Y de la mejor manera posible, como más duele: ganándoles la final de la Copa del Rey en su propia casa.
Se trataba de un desafío muy complicado, algo que muchos catalogaban como un absoluto imposible. Pero no para el Cholo. Desde el momento en que los jugadores saltaron al campo ayer, se atisbaba ya que la mentalidad iba a ser otra totalmente diferente a la que se había visto hasta entonces. Los jugadores parecían haber aprendido la lección y haberse preparado para poner fin a catorce años de hegemonía blanca. En frente, un Madrid cargado de estrellas, listo para la causa y para dejar la Copa en casa ante el Atleti. El hermanito pequeño, el Pateti, el pupas.. El equipo que ayer hizo cambiar el ritmo de la historia de la mejor manera posible.Por fin, pude ver al equipo que llevaba esperando tantísimo tiempo. A un equipo que se dejó absolutamente todo en el campo. A un equipo hermanado, combativo, ambicioso, matador. Un equipo con identidad, firmeza y seriedad. Un equipo con ganas y rabia, incentivadas por los crecientes rumores lanzados durante la semana por la prensa simpatizante blanca con el único fin de tratar de desestabilizar. Un equipo de once Simeones, dirigidos por la prolongación del Cholo en el campo, nuestro inconmensurable capitán Gabi, con el 14 del míster rojiblanco a la espalda, luchando todos juntos en la misma dirección, con las ideas claras y un principio fijo: llevarse la Copa del Rey. De poco sirvió el tempranero tanto de Cristiano Ronaldo, que ponía el 1-0 en el luminoso y podía hacer presagiar al colectivo blanco que la tónica sería la misma de siempre. Una maravillosa demostración de cómo jugar con el cuerpo de Falcao sirvió para que Diego Costa, con un remate inapelable, estableciese las tablas antes del descanso. El partido continuaba por estos derroteros mientras el Atleti cada vez creía más en la gesta ante un equipo que se empequeñecía por momentos, noqueado por un planteamiento rojiblanco que no hubieran esperado ni en su peor pesadilla. La impotencia blanca quedó reflejada en la indefendible actitud de su astro Cristiano Ronaldo, que una vez más, volvió a demostrar el porqué de que las aficiones le tengan ese especial aprecio allá donde va. Revolucionadísimo y muy fuera de sí, era cuestión de tiempo que Clos Gómez le mandase a la ducha. Y así ocurrió cuando, tras el definitivo e incontestable cabezazo de Miranda que supuso el gozoso 1-2, ya en la prórroga, el portugués terminó por perder los estribos y propinó una patada en la cara a Gabi. Lo que sucedió después no hace falta decirlo.
Pero no he venido aquí a hablar de Ronaldo, ni tampoco del mal perder de este Madrid de Mourinho. Prefiero hacerlo del hombre que ha permitido cambiar el curso de una historia que parecía abocada a no terminar nunca. Del hombre que nos ha permitido soñar, que cogió un equipo totalmente desestructurado hace menos año y medio y nos ha llevado a alcanzar la gloria de la mejor manera posible. De un hombre que siente este sentimiento como algo endémico, intrínseco. De un hombre dispuesto a hacer lo necesario para hacer vibrar a millones de personas. También quiero hacerlo de un espigado belga de solo veintiún añitos, y que anoche volvió a doctorarse como uno de los mejores porteros del planeta. Del hombre que permitió que la gesta fuese posible, que se hizo un auténtico gigante ante los titanes blancos: Thibaut Courtois. También de ese delantero que todo equipo quisiera tener. De uno de los jugadores más batalladores, perseverantes e intensos de cuantos he visto nunca. De un brasileño que ha logrado ganarse a la afición colchonera por su entrega y determinación, que van mucho más allá que cualquier otra cosa. Del máximo goleador de esta competición, Diego Costa. También de nuestro ratón del área, de ese jugador que, según ya sabemos todos qué medios, está fichado por Chelsea, Mónaco, Madrid y Manchester City, pero que ayer, con una maravilla, consiguió que el sueño rojiblanco comenzase a tomar forma, Radamel Falcao. Qué curioso. Courtois, Costa y Falcao, esos tres jugadores a los que paradójicamente, más se ha vinculado con otros clubes estas últimas fechas por la prensa madridista. Cosas del fútbol, les ha salido el tiro por la culata. Pero sin duda alguna, nada de esto hubiera sido posible sin la magia de Arda Turan. Sin el sentir y el carácter de Gabi y Koke. Sin la casta de Filipe, Mario o Godín. Sin el coraje de Miranda, el Cebolla, o el magistral Juanfran. Tampoco sin Asenjo, el Cata Díaz, Insúa, el sempiterno Tiago, el correoso Raúl García, el sacrificio de Cisma, las ganas de Pulido o el talento de nuestro Adri. Tampoco sin los tres chavalines que cada vez son parte de esto con más fuerza, como son Manquillo, Saúl Ñíguez, y el prometedor Óliver Torres. Ni, por supuesto, sin la garra y dedicación de otro hombre muy querido por todos nosotros, nuestro Mono Burgos. Tampoco, obviamente, sin las más de 35000 gargantas que se dieron cita ayer en el feudo blanco y que no dejaron de arengar a su equipo ni un solo segundo, ni sin todos aquellos que no hemos dejado de hacerlo nunca.
Tiempo atrás había comenzado a gestarse en mi cabeza el convencimiento de que el año que el Madrid consiguiese su ansiadísima y obsesiva próxima Copa de Europa, bautizada con el ya mitológico nombre de la Décima, sería el año en que el Atleti, por fin, lograse vencer al eterno rival. Se trataba de un planteamiento bastante irrisorio, a modo de broma, para tratar de hacer esta agonía menos mala. Y efectivamente, razón no me faltaba. El año de la Décima fue en el que por fin logramos vencer al Real Madrid. Pero el de la Décima Copa del Rey que habitará desde hoy en las vitrinas del Calderón.
Precisamente por todo ello, esta Copa sabe mejor que ninguna otra. Me vienen a la cabeza imágenes de estos catorce años a cual más insólita, contradictoria e inédita, y que obviamente solo podían ocurrir ante el Atleti. El único regate de Drenthe que se recuerda por Concha Espina ante Heitinga que terminó en penalti a favor de los blancos en el último minuto; el primer gol de Higuaín como madridista tras un año en la capital; aquel gol de Huntelaar precedido de un fuera de juego de dos metros; ese tanto anulado a Perea porque sí, o aquella falta de Raúl sobre Aragoneses que supuso un gol de Iván Helguera en el descuento. Una sucesión de constantes incongruencias, sinsentidos, de irónicos acontecimientos que han propiciado, por unas u otras cosas, que en los últimos trece años y medio no hayamos podido festejar ni una sola victoria ante el Madrid. Si nos ha marcado hasta Arbeloa. Con eso lo digo todo. Pero ayer la cosa fue absolutamente distinta. La Diosa Fortuna, por una vez, estuvo de nuestra parte, y la suerte que nos ha faltado durante este tiempo se nos apareció ayer sin comerlo ni beberlo. El fútbol nos lo debía, el destino nos tenía preparada la mayor de las alegrías cuando menos la esperábamos y más la necesitábamos. Esos catorce años de maldición, por fin, han desaparecido, y lo han hecho de la manera que más nos gusta. Paradojas del sino, hemos ganado La Décima en el Bernabéu, en casa de nuestro eterno rival, que lleva lustros detrás de ella, ante un equipo que creía tener la Copa en el bolsillo antes de tiempo, olvidando que, para ganarlas, las finales antes hay que jugarlas. Y ayer ganó el equipo que más oficio le puso, que más ganas tenía de llevarse el trofeo. Por una vez, el fútbol fue justo con el más perseverante, permitiendo que la alegría más absoluta se apoderase de todos nosotros y que, aunque resulte irónico, la esperadísima victoria rojiblanca llegase la primera vez en estos catorce años que ambos equipos se jugaban algo realmente importante entre ellos. Porque el Cholo tiene claro que todo el esfuerzo que trae consigo llegar a una final debe servir para algo. En este caso, para haber conseguido algo que nadie había logrado hasta entonces, llevar nuestra euforia al punto más álgido posible y, de paso, silenciar millones y millones de bocas de golpe, frenando las mofas blancas de un plumazo, y de la manera más dulce posible. La genial conversación entre Simeone y el magnífico Futre tras el encuentro en 'El partido de las doce' de la Cope lo dice todo. Te queremos Cholo. Gracias, muchas gracias por tanto.
Precisamente por todo ello, esta Copa sabe mejor que ninguna otra. Me vienen a la cabeza imágenes de estos catorce años a cual más insólita, contradictoria e inédita, y que obviamente solo podían ocurrir ante el Atleti. El único regate de Drenthe que se recuerda por Concha Espina ante Heitinga que terminó en penalti a favor de los blancos en el último minuto; el primer gol de Higuaín como madridista tras un año en la capital; aquel gol de Huntelaar precedido de un fuera de juego de dos metros; ese tanto anulado a Perea porque sí, o aquella falta de Raúl sobre Aragoneses que supuso un gol de Iván Helguera en el descuento. Una sucesión de constantes incongruencias, sinsentidos, de irónicos acontecimientos que han propiciado, por unas u otras cosas, que en los últimos trece años y medio no hayamos podido festejar ni una sola victoria ante el Madrid. Si nos ha marcado hasta Arbeloa. Con eso lo digo todo. Pero ayer la cosa fue absolutamente distinta. La Diosa Fortuna, por una vez, estuvo de nuestra parte, y la suerte que nos ha faltado durante este tiempo se nos apareció ayer sin comerlo ni beberlo. El fútbol nos lo debía, el destino nos tenía preparada la mayor de las alegrías cuando menos la esperábamos y más la necesitábamos. Esos catorce años de maldición, por fin, han desaparecido, y lo han hecho de la manera que más nos gusta. Paradojas del sino, hemos ganado La Décima en el Bernabéu, en casa de nuestro eterno rival, que lleva lustros detrás de ella, ante un equipo que creía tener la Copa en el bolsillo antes de tiempo, olvidando que, para ganarlas, las finales antes hay que jugarlas. Y ayer ganó el equipo que más oficio le puso, que más ganas tenía de llevarse el trofeo. Por una vez, el fútbol fue justo con el más perseverante, permitiendo que la alegría más absoluta se apoderase de todos nosotros y que, aunque resulte irónico, la esperadísima victoria rojiblanca llegase la primera vez en estos catorce años que ambos equipos se jugaban algo realmente importante entre ellos. Porque el Cholo tiene claro que todo el esfuerzo que trae consigo llegar a una final debe servir para algo. En este caso, para haber conseguido algo que nadie había logrado hasta entonces, llevar nuestra euforia al punto más álgido posible y, de paso, silenciar millones y millones de bocas de golpe, frenando las mofas blancas de un plumazo, y de la manera más dulce posible. La genial conversación entre Simeone y el magnífico Futre tras el encuentro en 'El partido de las doce' de la Cope lo dice todo. Te queremos Cholo. Gracias, muchas gracias por tanto.
increible crakk, que gran articulo y que grandes todos nosotros! AUPA ATLETIII SIEMPREEEEEEE
ResponderEliminarMuy grande el artículo, tanto como el GENIO del que habla. 14 años después los atléticos nos merecíamos algo como esto, y el Cholo y la piña que ha creado nos lo han dado. Por ello les estaremos eternamente agradecidos. GRACIAS POR TODO CHOLO GRACIAS POR TODO ATLETI.
ResponderEliminarNada que añadir. Las utopías son posibles cuando se unen la clase, la tenacidad, la decisión y el amor por los colores. Gracias por este artículo escrito con el corazón, un bravo corazón rojiblanco.
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